Cinta de Moebius

white and red DB train subway
Photo by Daniel Abadia

Despertó lentamente de un sueño profundo. Se había entregado a él mecida por el ritmo acompasado del metro. Nunca le ocurría. Solía mantener la actitud alerta y profesional mientras sujetaba su mochila. Pero en esa ocasión pagaba con creces las copas del día anterior y el reloj implacable, sonando sin compasión. Lo cierto es que Laura, opaca secretaria en una firma de abogados, había confiado su suerte a la tranquilidad de su recorrido que terminaba en la última estación.

No le pareció extraño no cruzarse con otros pasajeros. Iba más lenta que lo habitual —se dijo, mientras apartaba un mechón de su frente. Palpó el sobre que debía entregar. Y, desorientada y aturdida, buscó con la mirada la escalera mecánica. Apenas dio con ella le supo raro el tramo horizontal, sin peldaños. Pero no estaba en condiciones de resolver acertijos. Sin pensarlo dos veces subió a la cinta sin fin.

Los muros, cubiertos por anuncios, dejaron de llamar su atención. El tiempo pasaba. Lo sentía en el cuerpo. Quiso consultar la hora en su reloj. Con asombro comprobó que las manecillas giraban locas, en sentido contrario al habitual. Sin pensarlo dos veces metió la mano en su mochila, dispuesta a atrapar a ciegas el móvil. Tras varios tanteos dio con él. Al sacarlo a la superficie notó que un cartel rezaba «sin servicio». Tras un profundo suspiro decidió tomar un punto de referencia en las paredes. Un cartel manuscrito indicaba: «No hay salida».

Sintió el calor pegajoso del verano. Luego, un frío invernal, como presagio de nevada. Las estaciones discurrían sin continuidad. Calor, frío y la cuenta comenzaba. Hubo de pasar tres veces frente al cartel-señal para saberse presa en ese eterno girar. La cinta continuaba su marcha sin freno. Los peldaños no aparecían. Tampoco se adivinaba una fuente de luz natural. Transpiraba. Eran los nervios jugando una mala pasada. Maldijo la noche de juerga y a ese extraño con quien mantuvo relaciones sin saber su nombre, siquiera. «Debió poner alguna droga en la bebida» —adujo intentando tranquilizarse. Esa argumentación fallaba cuando repasaba los movimientos de la noche.

Saltar desde la cinta no era una opción. Su velocidad crucero la mantenía aferrada por los pies como un imán. La fuerza de la gravedad se amplificaba sobre ella. Sus músculos apenas obedecían. La voluntad la abandonaba.

«Parece que no podré entregar el sobre» —pensó lúgubre. Acto seguido, siguiendo un impulso que venía desde lo más profundo de su curiosidad, tomó el paquete. Rasgó el sobre de papel madera, voluminoso. Un manojo de hojas en blanco le daban consistencia. Entre esas hojas, vacías de toda palabra, descubrió un manuscrito de su jefe: una carta de recomendación.

Estimado Mandinga:

Hicimos un pacto y cambié mi vida eterna, de la cual desconfío, por el bienestar material que me concediste en esta vida. Te estoy eternamente agradecido.

Cumplo en enviarte la presa que me pediste. Espero que la cacería te resulte entretenida. Bien sé que tus tiempos son eternos. Por eso, cuando te aburras —si eso llegase a ocurrir— te sugiero que dejes a Laura en el limbo, en el Purgatorio. Es una buena chica, confiada en extremo como lo habrás comprobado la otra noche.

Me despido con atenta consideración, Aspirante a diablo

Tu seguro servidor

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