Otra prehistoria

naked person sitting on green grass
Photo by Mubariz Mehdizadeh

La alarma en su cerebro se activó puntualmente. Una descarga eléctrica atravesó los hemisferios y encendió una luz tras sus ojos. Se incorporó lentamente. Recordó a tiempo que dormía en una cápsula, moderna forma de lecho popularizada por los japoneses, pioneros en eso de aprovechar los espacios. Ese día, 25 de junio de 2041, quedaría grabado en su mente como la primera vez que no magullaba su cabeza al levantarse. Aunque en realidad, si lo recordaba con tanto detalle, era por la sucesión de acontecimientos que se desataron a continuación.

Caminó dos pasos, los que separaban la cápsula del dispenser de provisiones. Un empaque metálico con la ración del desayuno se deslizó por una ranura frontal. Disponía de quince minutos para dar cuenta del contenido: un polvo granulado que debía mezclarse con agua para lograr una crema pastosa. El Ministerio de Alimentación Saludable, instituido años atrás para frenar la epidemia de obesidad, se había transformado en policía de cuanto se ingería. La implementación del programa saludable había generado no pocas reacciones. Sofocados los grupos sediciosos, silenciados los cabecillas, el común de los pobladores se acostumbró a la rutina sin cuestionarla. Con la globalización, largamente instalada, el eco del aleteo de una mariposa desencadenaba huracanes en todo el globo. Así, la abulia había ganado a la humanidad. Primero, los robots habían avanzado en las tareas rutinarias. Luego, se apropiaron de cuestiones más complejas: microcirugías en cerebro y en corazón, ensamble de nanotecnología, búsqueda de minerales —los llamados raros— en las profundidades submarinas y en el interior de las montañas. Los hombres se avinieron rápidamente al estado de comodidad. Nadie advertía cuán peligroso era ceder los aspectos que determinan al ser humano. El libre albedrío era una utopía. Lo que se decía, pensaba y sentía estaba marcado por tradiciones cuyo origen se ignoraba y permanecía velado a los mortales.

Pero ese día, ese 25 de junio, luego de tragar la pasta infame que llevaba por nombre desayuno, XX28 sintió una llamarada, un cortocircuito en el minúsculo chip implantado en su cerebro al nacer. No detuvo el incendio a tiempo. Destruido el vídeo con los pasos a seguir fue incapaz, como toda la raza humana, de descifrar esos signos llamados escritura. Bajo el imperio de la imagen, los hombres eran analfabetos. Sin proponérselo, abandonado a su suerte, XX28 se enfrentó a la primera prueba ardua en su camino a la libertad: decidir qué vestir. Nacía un líder.

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